
Lo primero que te diría es que disfrutes. Disfruta de estas comidas en compañía de tus seres queridos, que solo se hace una vez al año. Cuando estés en la comida de Navidad, no te vayas a preguntar cuántos gramos de azúcar tiene ese polvorón que te ofrece tu abuela.
Lo segundo es que tampoco te pases. Es decir, no comas hasta reventar y que te vaya a explotar el cinturón. Disfruta de la comida, eso ni lo dudes, pero intenta tomar conciencia de cuándo tus niveles de saciedad están completos.
Bebe con moderación. Aunque está genial tomarse unas copitas (yo la primera), el alcohol es un tóxico, por lo que aquí si que te digo que te moderes. Bebe, pero con cabeza.
El resto de comidas, hazlas normales. Es decir, no digas que como estamos en fiestas, te vas a tirar todo el mes comiendo sin ton ni son, y cosas que no son saludables. Aquellas comidas que no sean las que te reúnes con tus seres queridos, hazlas con normalidad. No te estoy diciendo que te pases el día después de Navidad a base de acelgas, pero podrías comer unas espinacas con garbanzos y un filete de pescado, y cenar una tortilla francesa con una crema de verduras, por ejemplo.
No trates de compensar. Con esto me refiero a que no te pases el día de después de una comilona corriendo una maratón y sin probar bocado. Si sientes que tus niveles de energía están por las nubes (probablemente porque tu glucógeno en sangre está on fire), y te apetece correr como una loca, ¡adelante! Pero no lo hagas pensando que tienes que hacerlo para compensar la comida del día anterior. El cuerpo no funciona así, y lo que comas un día no va a echar a perder lo que has estado construyendo durante meses o años.
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